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Hubo un tiempo en que este fue el coliseo más importante de la provincia. Su origen estaba ligado de forma inequívoca a la fisonomía de la ciudad, aunque, tal y como sucediera en otras áreas urbanas y rurales de España, el teatro se asentó en los restos de un antiguo templo, la iglesia de San Joaquín. Corría el año 1818 y, hasta entonces, Ávila había permanecido varios años huérfana de teatros, una vez desapareció el antiguo patio de comedias de la Magdalena. Los abulenses disfrutaban con el teatro —sobre todo, el teatro lírico— y saludaban con agrado a los cómicos que, bien de paso hacia Valladolid o de regreso a Madrid, visitaban la ciudad amurallada. Incluso hubo algunos grupos de aficionados que se animaron a fundar compañías locales para representar sus zarzuelas favoritas. De ahí que, más pronto que tarde, se hiciera necesario derruir el angosto local y erigir, en 1897, un auténtico y moderno teatro.

La suerte del coliseo cambió cuando el muchacho del hospicio tuvo la ocurrencia de convertirse en su dueño. Aprendió el oficio de hojalatero y se las arregló para amasar una pequeña fortuna. No solo se compró el Teatro Principal, sino que lo amplió y lo reformó, convirtiéndolo en uno de los escenarios más atractivos de la vieja Castilla. En 1923 Joaquín Fernández presentó a sus convecinos un flamante y refinado coliseo, equipado con calefacción y las espléndidas pinturas decorativas de Luis Muriel, que desaparecieron hace ya muchos años. Hay una mujer en Ávila que podría describirlas al detalle, así como los dos patios de columnas que lindaban con los camerinos y la entrada al salón de baile.

Hay una mujer en Ávila que se acuerda de los conciertos de música y de los espectáculos teatrales, líricos y de variedades que animaban la cartelera abulense; de cómo el éxito en la ciudad aseguraba la fortuna en otros teatros, pues sus paisanos no se conformaban con cualquier compañía artística. Sonríe cuando rememora la actuación estelar de Antonio Machín, porque nadie habló de otra cosa durante semanas. En el Teatro Principal también se proyectaban muchas películas de aventuras, aunque ella y los otros niños tenían prohibido asistir a casi todas porque ni siquiera aparentaban la edad mínima permitida.

Ese edificio de la calle Eduardo Marquina donde transcurrió su infancia fue restaurado y alberga hoy varias oficinas y un bar con discoteca.

(Extracto de Páginas teatrales (40). Hay un teatro en Ávila por Alba Gómez García, foto actualizada de la autora)

 

Colaborador: Severiano Iglesias Tortosa